Por: Yaid Ferley Bolaños Díaz Pueblo Nasa, zona Tierradentro.

Posicionamiento político, espiritual y territorial de las Autoridades de Juan Tama de Inzá en el páramo de Guanacas. Foto: Yaid Ferley Bolaños Díaz, 2022.

En este artículo propongo una reflexión desde mi experiencia personal, crítica y propositiva, acerca de las transformaciones que atraviesa el liderazgo indígena. Considero que en la actua­lidad nos encontramos en una transición profunda que no puede en­tenderse como un simple relevo de nombres o una rotación de cargos de representación. Más allá de ello, se trata de una disputa compleja en la que el legado ancestral cimentado en la palabra de los mayores y la fuerza de la comunidad, se enfrenta con las influencias externas que presionan al movimiento indígena, como son el avance del capi­talismo, el tecnicismo institucional y la creciente burocratización de la vida política organizativa. Esta tensión histórica nos llama a repensar el sentido del liderazgo indígena, no para permitir que se diluyan sus raíces comunitarias, sino para fortalecerlo y revitalizar frente a los de­safíos que impone el presente y que marcan el camino hacia el futuro.

En este artículo propongo una reflexión desde mi experiencia personal, crítica y propositiva, acerca de las transformaciones que atraviesa el liderazgo indígena. Considero que en la actua­lidad nos encontramos en una transición profunda que no puede en­tenderse como un simple relevo de nombres o una rotación de cargos de representación.

En este horizonte, la memoria de quienes han caminado antes que no­sotros, se reafirma como camino político y espiritual, fundamentado para algunos pueblos, como el Nasa, en el uso de la sabiduría de las plantas sagradas y posteriormente el cateo y los procesos múltiples de equilibrio y armonización. Ellos también resistieron la guerra, el despojo y la violencia, sosteniendo la comunidad como escudo, y la espiritualidad como guía. Esa raíz no puede perderse. Por eso, hoy veo necesario volver a caminar los rituales en los territorios, enseñar y practicar la lengua materna desde la niñez en los ámbitos familiar, escolar, comunitario y territorial, y abrir espacios permanentes de diálogo y escucha con los sabedores, de modo que las decisiones co­lectivas recojan también la palabra de mujeres, jóvenes y autoridades.

Estas acciones pueden aportar al fortalecimiento de las raíces comu­nitarias y permiten tejer un liderazgo amplio, diverso e incluyente: un liderazgo desde el sentir de la vida, desde la escucha profunda, no solo hacia el ser humano, sino también hacia otros seres de la madre naturaleza.

Repensar el liderazgo en los tiempos actuales, para mi, implica recu­perar el horizonte político de la vida digna, revitalizar el pensamiento propio y asumir la tarea de transformar sin olvidar. Solo así el liderazgo podrá entenderse como un tejido vivo sostenido por la espiritualidad, fortalecido en la comunidad y proyectado hacia futuros colectivos.

No se trata de repetir las formas del pasado, sino de renovarlas críticamente, con conciencia histó­rica y responsabilidad política.

Herencia, sabiduría y la lengua como camino político y espiritual

Los liderazgos indígenas, en los ejercicios de representación y de autoridades políticas, no pueden entenderse únicamente como roles de representación formal en instituciones de origen colonial, como el cabildo, cuya estructura pirami­dal y paternal ha sido cuestionada en las últimas décadas. Frente a ello, en el pueblo Nasa, en dis­tintas zonas, entre ellas Tierradentro, se han ve­nido fortaleciendo escenarios de reivindicación de las estructuras de gobierno ancestrales, como los Thuuthe’sa We’sx, Ne’jwesx y Khaabuwe’sx, que no solo revitalizan la lengua Nasa Yuwe, sino que también buscan rearmonizar la vida comu­nitaria y territorial. En este sentido, creo que los liderazgos pueden reconocer profundas ideas de enraizamiento espiritual, territorial y comuni­tario. A lo largo de generaciones, las lideresas y los líderes han encarnado formas de conducción social sustentadas en la palabra, el senti-pensar y la acción práctica. En ellos y ellas se ha deposita­do la responsabilidad de guiar y custodiar desde la sabiduría ancestral, resguardar los mandatos comunitarios, orientar las luchas y sembrar los principios de autonomía que sostienen la vida en los territorios.

No obstante, es preciso reconocer que los proce­sos de liderazgo no han estado exentos de tensio­nes, errores o desaciertos. En ocasiones, hemos caído en la idea de que quienes lideran son los únicos portadores de la razón, dejando de lado las voces y planteamientos de las juventudes, de las mujeres, de los mayores y de las infancias.

También, sin duda alguna, como lo ha expresado Josefina Díaz, comunera y ex autoridad del Terri­torio de Tumbichucue:

El liderazgo indígena no puede ser reducido a una función administrativa ni a una figura de poder vertical. Su comprensión exige una lectu­ra política que reconozca las dimensiones afecti­vas, espirituales y comunitarias del vínculo entre quien lidera y la comunidad. Para liderar es, ante todo, escuchar con sensatez, compartir la palabra con coherencia y actuar con amor hacia quien re­quiere respaldo, orientación o simplemente un gesto de afecto (Entrevista-Comunicación propia, junio de 2025).

En consonancia con esta perspectiva, el lide­razgo se ejerce desde la capacidad de leer las necesidades del otro, como expresiones de un vacío colectivo que debe ser atendido política­mente. Comprender la tristeza, el cansancio, la soledad o el duelo de un comunero o comunera, es también ejercer la política del cuidado, del tejido social y del acompañamiento desde la raíz cultural. Este tipo de liderazgo, vinculado con los saberes mayores y con la ética comunitaria, es hoy más necesario que nunca en los territo­rios indígenas.

Caminar el territorio en familia. Foto Yaid Ferley Bolaños Díaz, 2020.

Sin embargo, como lo advierte Adán Pame Fer­nández, comunero y ex autoridad de Tumbichu­cue, “estos liderazgos están desapareciendo. Se nos están yendo, se están apagando en silencio, llevándose consigo una forma de hacer política arraigada en el consejo, en el afecto, en la palabra con contenido espi­ritual” (Comunicación propia, junio de 2025). Esta advertencia toca de manera directa a los procesos comunitarios, pues evidencia la fragilidad de un tipo de liderazgo que, más que representación, ha sido pedagogía viva, orientación moral y prác­tica espiritual. Fueron esas formas de conducción las que encarnaron los líderes del pasado, quie­nes con su andar, su palabra y su capacidad de es­cucha marcaron en su momento la ruta del Con­sejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) durante varias décadas. Sus liderazgos se forjaron en la resistencia, en el tejido de la unidad, en la defensa del territorio y en la afirmación de la autonomía. Constituyeron un modo de hacer política enrai­zado en el consejo comunitario, la deliberación colectiva y el vínculo afectivo con la Madre Tierra.

En la actualidad, la vigencia de esas formas de liderazgo se encuentra en tensión. Frente a los riesgos de su desaparición, el movimiento indí­gena ha impulsado espacios de formación política itinerantes en los territorios como la “formación política de la guardia indígena”, “comunicación propia intercultural”, “pedagogías comunitarias”, etc., buscando transmitir a las nuevas generacio­nes no sólo herramientas organizativas, sino tam­bién principios espirituales, académicos, éticos y comunitarios.

“En dichos procesos, a mi modo de ver, se reafirma la convicción de que cultivar y cosechar liderazgos no es única­mente una necesidad política, sino una condición fundamental para la continuidad histórica de los pueblos y su pervivencia como proyecto colectivo que representa el CRIC.»

Es por ello, que creo que el liderazgo indígena no desaparece; muta, se transforma, se fecun­da en la historia viva de los pueblos y vuelve a brotar con fuerza y dignidad en los comuneros y comuneras que persisten y se levantan cada día para defender la vida en todas sus formas. Pero ese liderazgo no se limita a la representación política o a la ocupación de cargos; también se manifiesta en las formas de mantener viva la pa­labra y en la defensa de las lenguas originarias. Al respecto, Marcelina Iquira, anota que“hablar Nasa Yuwe en medio de la imposición del castellano -waas yuwe- es la estrategia política más podero­sa para mantener con vida a este pueblo. Aquí hay liderazgos que cuidan la palabra, la lengua, las expre­siones…” (Entrevista-Comunicación propia, junio de 2025). En contextos marcados por la violencia, la lengua materna no es solo medio de comuni­cación, sino acto de autonomía, ejercicio de me­moria y afirmación identitaria.

Lo que llevamos y debemos mantener de nuestros antepasados

Los liderazgos indígenas no pueden verse ni en­tenderse como acciones reducidas de represen­tatividad formal, ni a figuras instrumentalizadas por lógicas administrativas. Considero que la legi­timidad del liderazgo indígena surge de una raíz más profunda como el vínculo espiritual con el territorio, la historia viva de los pueblos y la de­fensa integral de la vida. No se trata de acceder al poder, sino de sostener procesos de resistencia, armonía y dignidad colectiva. Liderar, en clave de los pueblos originarios, no es ocupar un cargo, es ofrendar la palabra, custodiar los sueños colecti­vos, orientar sin imponer.

Esa ha sido una de las labores fundamentales del liderazgo indígena que caminó la palabra en el te­rritorio, defendiendo los fogones, “pariendo” pen­samiento en la siembra y sosteniendo la escucha colectiva como principio de vida. Así lo demostra­ron las y los mayores que abrieron camino con su ejemplo. La Cacica Gullumuse no solo emprendió una lucha política en defensa de la tierra, sino que también la distribuyó a quienes la necesitaban, dejando como legado la enseñanza de que la tie­rra es madre y debe acoger a todas las comunida­des. Mandiguagua se entregó a la protección de su pueblo, de sus ríos y de sus lagunas, afirmando que la defensa del agua y de la vida es mandato colectivo. Sa’t Tama sostuvo la resistencia política y espiritual desde la sabiduría de la Madre Tierra frente a los embates de la conquista y la coloni­zación, pero también integró la negociación y la concertación como estrategias de permanencia y continuidad del pueblo nasa. Quintín Lame, sa­bio autodidacta, levantó la palabra, la escritura y la educación como herramientas de defensa y dignificación de su pueblo.

En esta misma senda, Rosa Elena Toconás, com­positora nasa, defendió con sus canciones la dignidad de las mujeres y la fuerza intelectual y espiritual femenina, en medio de contextos profundamente patriarcales y de la violencia del conflicto armado, que terminó silenciando su voz y la de muchas otras. Gregorio Palechor, Trino Morales, Benjamín Dindicue, Daniel Cuetocue y muchos más caminaron dejando energías, ideas y propuestas que nutrieron la lucha colectiva y con­solidaron los procesos políticos organizativos que hoy lo lo hacen posible la existencia del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC).

Mayores de Tierradentro como Adán Pame, Victorino Piñacue o Tiberio Ipia han sostenido la orientación política y espiritual de sus pue­blos, incluso desde la marginalidad y la invi­sibilización. Adán Pame, con su carisma y su memoria histórica del movimiento indígena, ha acompañado procesos de formación polí­tica, fortaleciendo las músicas propias como caminos de paz, además de la lengua como herramienta de lucha y liderazgo, en las semi­llas de vida de los territorios Juan Tama de Inzá.

Victorino Piñacue, maestro tejedor y líder comunitario, ha trans­mitido el arte del sombrero a nuevas generaciones en Calderas, convirtiendo este territorio en un referente cultural, epistémico y económico. Tiberio Ipia de Capicisco, al igual que los anteriores, ha insistido en que la historia permanezca en las memorias y en los corazones de los pueblos, reafirmando la vigencia de las luchas territoriales y de la lenguas indígenas.

De igual modo, mujeres como Josefina Díaz Iquira, Ismenia Dicue, Inés Cuscue y Marcelina Iquira de Tumbichucue, han demostrado que el liderazgo indígena no se limita a los escenarios de la palabra o la asamblea, sino que también se teje desde las prácticas cotidia­nas. En sus manos, el hilo y la aguja se transforman en instrumentos pedagógicos, políticos y culturales que abren caminos de diálogo intergeneracional. A través del tejido, se resiste a la invisibilización de la memoria y se reafirma que el conocimiento ancestral no es pasado muerto, sino semilla viva que se proyecta en las nuevas generaciones, desafiando la narrativa que pretende reducir a la juventud únicamente al mundo tecnológico.

En este ejercicio de liderazgo emergen también mayoras como Sonia Hurtado de Mosoco, quien desde temprana edad ha impul­sado la participación política de las mujeres en las estructuras de gobierno propio, recordando a las juventudes que levantar la voz es un derecho y un deber, pero también que la prudencia es una forma de sabiduría política frente a las tensiones del territorio. Igualmente, se destaca la fuerza de mujeres como Marciana Quira, quien ha hecho de la educación un proyecto de vida en territorios dispersos como La Gaitana; o como Marciana Calapsu y Avelina Ipia de los territorios Juan Tama, que sostienen que la sabiduría de las plantas no solo cura y equilibra la vida individual, sino que armoniza el territorio y todas las formas de rela­cionamiento entre seres humanos, naturaleza y fuerzas espirituales.

No obstante, muchos de estos líderes y lideresas permanecen en los rincones del Cauca, a veces marginados, otras veces olvidados o desplaza­dos por dinámicas organizativas que privilegian lo inmediato y lo formal sobre lo profundo y lo esencial. Sin embargo, su palabra y su ejemplo si­guen nutriendo la raíz del movimiento indígena, recordándonos que el liderazgo se siembra en la memoria, en el fogón, en la tierra y en la resisten­cia cotidiana.

Ese olvido no es solo doloroso; es una advertencia que pone en riesgo la continuidad del tejido orga­nizativo indígena. Considero que la desconexión entre jóvenes y mayores debilita el sentido pro­fundo del liderazgo. Como dicen algunos de ellos: “Fuimos útiles cuando teníamos fuerza; ahora, nadie nos visita. Ya no traen agüita, ni comidita, ni guara­po… nuestra palabra se corta en las asambleas, ya no se escucha” (Entrevista-comunicación propia, junio de 2025). Este lamento denuncia el paso de una política arraigada en la palabra viva, el fogón y la orientación espiritual, a una política burocra­tizada, marcada por cargos, calendarios y discur­sos huecos. Jóvenes de Tierradentro lo expresan con claridad: “Llegaron los mismos de siempre, con discursos repetidos que no aportan nada”. Tales pa­labras, lejos de guiar, han causado divisiones y hasta amenazas. Urge recuperar la palabra digna, nacida del sentir del pueblo Nasa, para sanar el cuerpo colectivo y reencaminar la fuerza espiri­tual del liderazgo.

Creo que el liderazgo que permanece es aquel que ha caminado el territorio, que ha resistido la violencia, que ha contribuido a gestar estructuras como el CRIC, no para perpetuar la instituciona­lidad, sino como apuesta de vida. La memoria de esos liderazgos exige no solo reconocimien­to simbólico, sino reincorporación activa como fuentes vivas de orientación. Hoy, más que nunca, frente a contextos de guerra, reclutamiento, ex­tractivismo y desarraigo, los liderazgos indígenas deben regresar a su raíz para orientar sin impo­ner, hablar desde la memoria viva y defender a las niñas y niños, semillas del futuro, quienes están siendo arrastrados por la guerra. Defenderlos es defender la continuidad del pueblo.

Relevos generacionales, tensiones políticas y el llamado urgente a la unidad en la diferencia entre liderazgos

Los relevos generacionales dentro del pueblo Nasa de Tierradentro, no son simples cambios de nombres o edades en los cargos. Son procesos profundamente políticos, éticos y espirituales que implican la continuidad de una memoria viva, de una forma de estar en el mundo, de un mandato colectivo que trasciende a las personas y se en­raíza en los territorios, en los saberes ancestrales y en los principios de Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía. El liderazgo indígena, para nuestro territorio, no se delega como un acto burocráti­co; por el contrario se construye, se aprende, se encarna, se cuida y se dignifica colectivamente.

Estos procesos de relevo no son automáticos ni es­tán exentos de tensiones. Hoy, como juventudes indígenas, transitamos en medio de múltiples de­safíos que interpelan nuestras formas de organi­zación y de proyección política. Nos corresponde tejer puentes entre la sabiduría de los mayores

y las herramientas del mundo contemporáneo. Asumir el liderazgo en este tiempo significa mu­cho más que ocupar un cargo, implica una respon­sabilidad política profunda de sostener un sueño colectivo y volverlo práctico en los territorios. Se trata de ejercer un servicio ético, orientado des­de el corazón espiritual de cada pueblo, con la convicción de que el liderazgo no es privilegio ni beneficio personal, sino compromiso con la vida y la pervivencia comunitaria.

Esta complejidad no debilita, por el contrario, constituye parte de la riqueza del tiempo que vivimos. Considero que el reto de articular me­moria y renovación abre la posibilidad de cons­truir relevos generacionales con coherencia, sentido comunitario y visión de futuro. En esa medida, el liderazgo indígena actual no debe entenderse como ruptura con el pasado, sino como continuidad crítica, consciente y transfor­madora, capaz de sostener la autonomía y de proyectar horizontes colectivos en medio de las crisis contemporáneas.

La realidad sociopolítica ha hecho más compleja la consolidación de liderazgos con sentido pro­fundo. Las amenazas contra la vida, la criminali­zación de quienes alzan la voz, la cooptación de procesos y el desgaste cotidiano de la resistencia han generado rupturas en muchos de los tejidos organizativos. A pesar de ello, están germinando liderazgos jóvenes que no repiten formas vacías ni se aferran al poder, sino que buscan actuali­zar los principios de lucha, tejiendo puentes en­tre generaciones y resignificando la palabra de los mayores.

Muchos de estos liderazgos emergen desde la sangre y la memoria. Somos hijas e hijos de quie­nes entregaron su vida por los procesos comunita­rios. Crecimos en las mingas, en los rituales, en las asambleas. Conocemos el valor del bastón, pero también el de la palabra. Hemos visto de cerca el dolor de la represión, pero también la fuerza de la organización. Y ahora, desde la reflexión crítica y el arraigo espiritual, estamos proponiendo nue­vos caminos que fortalecen el horizonte colectivo.

A la par, he visto como han surgido liderazgos desde otras trayectorias, personas formadas en universidades, o insertas en escenarios políti­cos externos. Algunas de ellas contribuyen con compromiso y conocimientos valiosos, mostran­do que también desde esas experiencias puede construirse en favor de los territorios. Pero otras han sido seducidas por intereses personales, dis­torsionando el sentido del servicio, debilitando el proceso organizativo y administrando el poder desde la fragmentación y la imposición. Este tipo de liderazgos preocupados más por la acumula­ción que por la entrega, por la imagen que por la coherencia, han generado profundas fisuras internas. Se ha silenciado a quienes piensan di­ferente, desplazado a mayores sabios y sabias, y desacreditado a quienes sostienen una crítica res­ponsable. Esta deriva, creo que pone en riesgo no solo la legitimidad de nuestras estructuras, sino el espíritu mismo de las luchas que nos dieron origen como movimiento.

Por eso, propongo la urgencia de abrir caminos de unidad crítica. No se trata de negar la diferen­cia, sino de reconocerla como parte del proceso organizativo, sin que ello implique claudicar en los principios. Las y los líderes con raíces profun­das deben dialogar con quienes han llegado por otros caminos, siempre que haya disposición a caminar desde la ética comunitaria. Es necesario tejer espacios para enderezar y sanar, sin excluir ni romantizar. Debemos cuidar el proceso como quien cuida el fuego sagrado con humildad, con vigilancia y con sentido de propósito.

En los procesos de lucha, resistencia y afirmación territorial de pueblos indígenas, como el Nasa, la unidad no puede entenderse como una simple estrategia organizativa ni como una consigna discursiva. Considero que se trata de una prác­tica política enraizada en concepciones espiri­tuales, filosóficas y cosmogónicas propias, que desafía los marcos convencionales del poder y la representación. La unidad se cultiva desde el territorio y se construye con coherencia. Es una forma de poder ancestral, tejida para resistir a la fragmentación impuesta por siglos de colonia­lismo, racismo, violencia armada, extractivismo y cooptación institucional.

Del proceso organizativo he aprendido que el poder indígena, a diferencia del poder estatal moderno basado en la centralización, la jerar­quía y la coerción, se fundamenta en el consenso comunitario, en la legitimidad espiritual y en la armonía con los seres del territorio. En muchas so­ciedades originarias, el poder no se ejerce desde la imposición, sino desde la mediación ritual, el reconocimiento colectivo y la relación simbólica con el mundo natural y espiritual.

Sin embargo, reconozco que, por lo menos desde la década de los noventa, los procesos organiza­tivos también han enfrentado fracturas internas que han dado paso a expresiones autoritarias, ambiciosas y corruptas. En algunos casos, el po­der indígena se ha tornado mezquino con las necesidades de los territorios, reproduciendo prácticas clientelistas y personalistas que han debilitado la confianza co­munitaria y han puesto en riesgo los principios funda­cionales de los procesos de lucha. Esta deriva ha gene­rado tensiones en torno a la permanencia en cargos, la concentración de decisiones y el uso indebido de recur­sos colectivos.

Aun así, las comunidades Nasa, en Tierradentro, han sabido responder a estas crisis recurriendo a sus pro­pias formas de control y ar­monización. Mediante las asambleas, congresos, jun­tas directivas y reuniones comunitarias se han abierto espacios de crítica, análisis y debate que permiten reo­rientar el camino, exigir ren­dición de cuentas y recuperar el sentido de la Unidad como principio fundamental. Es en estos escenarios colectivos donde se reafirma que el poder indígena no es propiedad de unos pocos, sino mandato de los pueblos; no es acumulación personal, sino un ser­vicio comunitario; no es dominio sobre otros, sino búsqueda de equilibrio con la vida.

“Por eso, creo firmemen­te que liderar no es mandar, sino armonizar. Ejemplos como el Thê’ Wala en el pue­blo Nasa, nos recuerdan que el liderazgo indígena es un acto de mediación entre lo visible y lo invisible, entre la comu­nidad y el mundo espiritual. Estos líderes no ejercen el po­der como dominio, sino como responsabilidad colectiva para mantener el equilibrio de la vida. De allí que la política indígena no pueda reducirse a la participación en escenarios institucionales o a la gestión técnica de los derechos.»

Creo que también la música, la danza, la siembra, la palabra, la justicia propia, la memoria, el duelo, la exhumación y la restitución espiritual, son otras áreas en las que los liderazgos emergen. Uno de los ejemplos más contundentes de esta dimensión espiritual del liderazgo, considero que es el trabajo que muchas mujeres indígenas han desarrollado en el marco de la búsqueda de personas desapa­recidas. En articulación con la Unidad de Bús­queda de Personas Da­das por Desaparecidas (UBPD), el CRIC y desde su propia cosmovisión y convicción, como mu­jeres, han emprendido búsquedas que no solo responden a criterios institucionales, sino también a rutas espiri­tuales guiadas por sue­ños, señales, y rituales de sanación. En estos actos se encarna una ética del cuidado pro­fundo, donde la muerte no es vista como final, sino como un tránsito que debe ser acom­pañado con respeto y equilibrio.

Para los Thê’ Wala, cuando un cuerpo es inhumado sin palabra ni rito, especialmente en lugares sagrados, se genera desequilibrio en el territorio. Esta desar­monía se manifiesta en enfermedades, conflic­tos, pérdidas de orientación. Por eso, recuperar los cuerpos no es solo un acto humanitario, es una restauración espiritual del orden de la vida.

Y quienes lideran estos procesos, en su mayoría mujeres, encarnan un liderazgo que trasciende lo institucional y se arraiga en la dignificación de la muerte, en el restablecimiento del vínculo con los ancestros y en la sanación colectiva del tejido roto por la violencia.

Melodías para armonizar y equilibrar el territorio y la vida de los pueblos indígenas del Cauca. Foto Yaid Ferley Bolaños Díaz, 2022.

En este marco, al hablar de otras formas de ejercer el liderazgo, creo que no podemos limitarnos a evaluar competencias técnicas, formación pro­fesional o capacidad de gestión; pasa por recu­perar y fortalecer las prácticas espirituales, los saberes ancestrales, la pedagogía del territorio y la ética de la palabra. Solo así se construye un poder no como imposición, sino como servicio; no como privilegio, sino como expresión del Wêth Fxi’zenxisa, el buen vivir.

En tiempos de relevo generacional hemos apren­dido sobre los desafíos organizativos y las múlti­ples amenazas a la autonomía, así como la impor­tancia de que el horizonte político de los pueblos indígenas siga anclado en su raíz espiritual. Por­que sin esa raíz, el árbol de la unidad se seca, el liderazgo se burocratiza y el poder se desfigura. La unidad es, en definitiva, un pacto vivo entre la comunidad, el territorio y los seres espirituales. Y solo desde allí puede brotar un liderazgo digno y profundamente humano.

Volvamos a caminar juntos. Volvamos a la palabra. Volvamos a nosotros.