¿Me va a despreciar? ¡Venga tómese unito, que uno al año no hace daño!
Cuando la bebida hace efecto, las emociones que parecían muy escondidas empiezan a florecer, entonces, esos hombres que luchan, ahora lloran, expresan situaciones que les afectan, se abrazan entre ellos y dan sus declaraciones de amor a quienes les han acompañado siempre, sus amigos. Prometen y hasta discuten políticamente, casi siempre expresando que están cansados, que “la situación está grave”, recordando a quienes entregaron la vida por el proceso indígena con nostalgia. Este artículo propone un acercamiento a la relación entre salud mental, consumo de alcohol y hombres indígenas.
El alcohol parece funcionar como un desbloqueo, una llave a lo oculto y a la posibilidad de desahogo. Sin embargo, ha traído consigo desarmonías individuales, familiares y comunitarias, como afectaciones en la economía familiar, violencias basadas en género y accidentes, llegando incluso a tomarse medidas como su prohibición total en algunos resguardos del pueblo yanakuna, o en escenarios políticos y encuentros organizativos donde se sacan resoluciones que buscan controlar su consumo y con ello garantizar la participación de los asistentes a estos espacios de debate. Casi siempre, esto no se logra y ponen en tensión a los comuneros y comuneras con la guardia indígena que ayuda a que las resoluciones se cumplan.
Con lo anterior, surgen algunas preguntas: ¿Cuándo lloran los hombres? ¿Con cuántas copas el corazón empieza a abrirse? ¿Cuándo se abrazan y se permiten ser abrazados?
¡Esas no son penas!:
salud mental y buen vivir
Y si el licor Acabó conmigo, Y ahora yo Voy a acabar con él
(Por culpa del licor – Jhon Alex Castaño)
Aunque el concepto de salud mental pueda considerarse una cuestión externa, rechazarlo por la misma razón no hace que la realidad que aquí se presenta desaparezca. A grandes rasgos, la salud mental es bienestar emocional, lo cual requiere de capacidades y habilidades respecto al manejo de emociones, situaciones y sentimientos de la vida cotidiana. Hablar de salud mental no solo hace referencia a enfermedades, diagnósticos, locura o tristeza absoluta, como suele pensarse; tampoco se limita a la idea de estar feliz todo el tiempo. Ahora bien, desde nuestras cosmovisiones, el “bienestar” hace referencia al buen vivir, que habla no sólo de la mente y las emociones, sino que se expande a otros campos como el espiritual, político, corporal, comunitario, social, ambiental, cultural y económico, relacionando el ser individual con la comunidad, el territorio y la Madre Tierra.
Pero en la lucha por el buen vivir de los pueblos, ¿hemos pensado en el bienestar emocional y mental? Esta pelea no está alejada de los otros campos que mencionamos, pues la salud mental está altamente relacionada con lo que vivimos diariamente como indígenas en los territorios, marcando a su vez unos posibles factores en su deterioro.
Nombrar el contexto nos parece fundamental puesto que no se trata únicamente de la expresión (o negación) de emociones a lo que nos referimos con afectaciones, sino de cómo llega a deteriorarse con cuestiones como la muerte temprana y el conflicto armado (donde mayoritariamente son asesinados los hombres), que muestran la confrontación y la violencia como única vía, perpetuando guerras —colectivas e internas, sociales y comunitarias—. Esto es, que las desarmonías se viven no sólo a nivel individual sino comunitario, haciendo que la estabilidad mental se vea lejana.
La identidad étnica marca un determinante para recibir oportunidades, educación de calidad, estabilidad laboral y económica, que se complejizan más cuando están vinculadas a una territorialidad rural, generalmente aislada y con problemáticas que incluyen presencia armada (legal e ilegal), hostigamientos, reclutamiento, persecución, secuestros, extorsiones, amenazas y asesinatos, obligando a la población a afrontarlos con las pocas herramientas que tienen, a procesar emociones fuertes y encarar situaciones dolorosas que rompen el tejido social.
“La violencia social genera desequilibrios en el ser, trayendo consigo emociones complejas como el estrés, el miedo o el enojo, que resaltan en contextos como el caucano, donde diariamente hay situaciones que afectan territorial y comunitariamente a los pueblos.”
Estas violencias no son por azares del destino ni castigos divinos, son consecuencias históricas relacionadas con la colonización de territorio, que sometió a los pueblos indígenas a un orden diferente al que conocían, juzgándolos por ejercer su cultura, su lengua y sus costumbres. Este hecho no se queda únicamente en el siglo XV, ni la discriminación termina con la Constitución Política de 1991, pues el exterminio físico y cultural —que incluye justamente afectaciones directas y psicológicas sobre la población indígena— es la consecuencia y la continuidad de los procesos que vivieron nuestros ancestros y que ahora vivimos, en diferentes formas, nosotros. Una de las principales diferencias es que ahora como comunidades vivimos enmarcadas en un sistema político y económico capitalista, que se ha entrometido en nuestras más profundas raíces y ha impactado en nuestros territorios, agudizando y profundizando sus heridas, sus problemáticas e imponiendo muerte sobre aquello que resiste a sus ritmos, intereses y formas de control.
¿Cómo se construye el bienestar contando muertos? ¿Cómo procesamos todo lo que vivimos? ¿Con quién hablamos de lo doloroso que es habitar el territorio? ¿Cuándo descansamos de todo?
“La chicha de maíz hará que le cojas más amor a tu color de piel y a tu raíz” Te invito a mi pueblo Jhon Jota
El uso de alcohol, específicamente de bebidas fermentadas, se remonta a antes del sigloaXVI, donde principalmente estaban presentes en rituales y su uso era restringido, así lo cuentan mayores del territorio de Sa’th Tama Kiwe. Sin embargo, con la llegada española en 1492, como nos lo hace saber Luis Berruecos Villalobos (2013) en su estudio sobre el consumo de alcohol en comunidades indígenas mexicanas, empiezan una serie de transformaciones, pues hay pérdida de control territorial por parte de autoridades propias, por lo que el alcohol se expande y así mismo sus usos y mercados.
También llegan otras bebidas e instrumentos para producirlas, como es el caso de los alambiques o destiladeros. Pese a que algunas como la chicha sobreviven, ha sido permeada por otras ajenas a las costumbres antiguas de los mayores, como el chirrincho y la cerveza. Estas transformaciones fomentaron y fortalecieron, primero, al imperio español, y luego, a la idea de república, pues mientras estábamos borrachos se nos metían al ‘rancho’ despojando
la cultura, robándose tierras y cambiando nuestras formas de habitar el mundo, haciéndonos creer que ser serviles o violentos hace parte de nuestra identidad. De ahí que por fuera nos vean como gente que “necesita ayuda o ser salvada”, al mismo tiempo que desde adentro se refuerzan ideas como la de “hombres guerreros” que resisten incansablemente.
Con lo anterior, no es el interés de este artículo fomentar una visión llena de tradicionalismo, es decir, no es una invitación a andar descalzos y beber chicha como única forma de resistir, pero sí un llamado a que nos cuestionemos cómo el uso de bebidas alcohólicas ha sido funcional a intereses externos y cómo no hablarlo hace que sigamos abonando la tierra para otros, esto se traduce en el desarraigo cultural, desinterés organizativo, enriquecimiento de actores como terratenientes y grupos armados, economías ilícitas, etc. A la par demostramos que este tema tiene muchas aristas, pues, por un lado, encontramos goce y disfrute, mientras, por otro, dominación y desequilibrios.
Los indios no lloran, luchan: perspectiva de género
Para comprender la salud mental y la emocionalidad en hombres indígenas es importante reconocer cómo se construyen estas ideas, tanto a nivel personal/individual como social/comunitario, puesto que socialmente se define una manera de ser y comportarse que caracteriza el ‘ser hombre’, de igual forma para el caso de las mujeres, se determinan unos roles que les permiten ser reconocidas como tal. Frente a estos modelos impuestos las comunidades no han podido escapar, por el contrario, los han fortalecido y hasta mandatado dentro de los planes de vida.
La crianza es fundamental en la socialización de cada persona, pues es ahí donde se aprende y se construye un manual personal de cómo enfrentar el mundo y su cotidianidad, pero también donde se entregan formas de actuar, patrones culturales, principios y creencias que han existido antes de nosotros, algunas transmitidas de generación en generación y otras impuestas a través de la cultura, los medios, etc. Para la construcción de un ‘hombre[1]’ hay mandatos sociales y culturales que les obligan a acoplarse, funcionando como un molde.
De manera general, hay un ‘deber ser’ para los hombres: ser heterosexual, ser fuerte, cuidar a las mujeres y las infancias, proveer en su hogar, no reconocerse vulnerable, no llorar en público e incluso no quejarse, pues es quien debe ‘solucionar’ las dificultades en su autonomía y silencio. Estos mandatos no están alejados del hombre indígena, al contrario, han sido retomados y arraigados, por lo que el machismo ha estado presente en todos los campos y niveles dentro de la cultura y los territorios, sosteniendo la idea de que son ‘superiores’ a las mujeres.
“Pero, ¿esto es propio? ¿Cómo aprendieron a ser hombres nuestros ancestros, nuestros abuelos? ¿Qué pasa con quienes salen de esta norma? ¿Cómo enfrenta la comunidad esta ruptura? Con exclusión, burlas y juzgamientos, no sólo a compañeros homosexuales, sino a quienes no quieren mostrarse como les han mandatado.”
Son los mismos hombres, son las mismas compañeras quienes mantienen, protegen y cuidan estas formas de ser, a través del ‘chiste’, de regaños y presiones.
Así entonces, aquellos que se identifican como hombres, a pesar de ser ‘beneficiados’ por este pensamiento, reposando sobre ellos mayoritariamente los cargos de autoridad, respetando sus voces y teniendo un camino abierto para el trabajo comunitario, siguen siendo indígenas. Es decir, que ante la sociedad blanco-mestiza recibirán discriminaciones por su etnia, lo que los pone en ‘desventaja’ social frente a otros que juzgan desde posturas racistas. Esto no evita que exista una diferencia de género dentro de los territorios, como hemos mencionado, sino que da la claridad de que el ser hombre está marcado también por otros factores relacionados con su origen y su clase social.
Ahora bien, dentro de los pueblos indígenas, estos hombres son seres que “protegen la tierra, las mujeres y la niñez”, reproduciendo la idea de que son quienes deben cuidar lo “suyo”, lo que les pertenece, despojándonos a otras personas de nuestra capacidad de actuar, de razonar, de movilizarnos y de defendernos, con ello se refuerza la idea de un hombre proveedor, fuerte y custodio de “su” pueblo.
Al mismo tiempo, no pueden mostrar dolor por lo que les rodea, por el contrario, estas situaciones les ‘fortalecen’. Este ideal de hombre ha sido promovido por algunos de los relatos originarios y los discursos que impulsan la lucha y la resistencia a no decaer, a no demostrar debilidad, “defender nuestros derechos así nos toque morir”, entre otros que muestran la ‘fortaleza del hombre indígena’, alejándose de toda emocionalidad, manteniendo la idea que hay algo a defender (mujer, territorio, comunidad), que la vulnerabilidad es dañina, incluso dando a entender (sobretodo en la cosmovisión) que hay liderazgos (como Juan Tama) que siempre fueron hombres, no niños o seres que requirieron cuidados y cariño, si no que por el contrario siempre fueron luchadores en pie.
Así, la crianza y el contexto que rodean al hombre indígena refuerzan una figura dura e insensible, pues esto también implica que hay emociones que no son ‘propias’ de los hombres y otras que sí lo son, definiendo cuáles pueden ser mostradas y aceptadas. Entre esas emociones encontramos la rabia, la indignación y un carácter fuerte, mientras que se niegan la sensibilidad, las lágrimas, la tristeza y el cansancio. Esto quizá puede darnos un acercamiento y posible explicación de por qué el hombre indígena tiende a tener un deterioro en su salud mental.
Hablar de vulnerabilidad nos parece fundamental, pues hace alusión a la posibilidad y susceptibilidad, inevitable como seres humanos, de sufrir daño (de cualquier tipo). Esto implica que no podemos escapar a ello, pues nuestra vida no depende únicamente de nosotros mismos, sino de múltiples circunstancias y agentes que pueden (o no) afectarnos, sobre los cuales no tenemos control. Negar que somos vulnerables es negar que necesitamos de otros, negar nuestra comunidad, negar a nuestras familias, a nuestra Madre Tierra.
Reconocer que podemos ser dañados y en general identificar que las relaciones sociales implican vulnerabilidad, no sólo socioeconómicamente, sino como seres que necesitan de cuidados, de otros para sobrevivir y que pueden generar afectos hacia otros, es importante. Aunque todos seamos vulnerables, no todos nos reconocemos como tales; precisamente por los mandatos que hay, las mujeres podrán reconocerse en su individualidad, en sus afectos, como vulnerables y los hombres no, ellos solo pueden ser rígidos. Si bien, la vulnerabilidad socioeconómica ha sido un factor común al indígena, quien aprende cómo ser hombre mientras la guerra, la pobreza, la marginación y la discriminación juegan contra él. Esta aproximación podría darnos una idea de por qué el hombre indígena evita sus emociones, la fragilidad, pues ya conoce qué es vivir en vulnerabilidad social, por lo que permitirse serlo en sus emociones y afectos es impensable, es justamente lo que busca evitar, cambiar y superar. Así, el hombre indígena se cierra a ser herido, sin percibir que la herida, aunque no la vea, sigue abierta.
Entonces, no es que los hombres indígenas no sientan o sean invencibles y fortachones, sino que se les ha negado a nivel social la posibilidad de sentir y de demostrar emociones porque las han asociado a la feminidad, que además es vista como sinónimo de debilidad y pasividad ante la realidad, pues ahí (en las mujeres) no se alberga el poder, porque tampoco se ha reconocido en ellas un liderazgo. Sí sienten, pero sólo pueden mostrarlo ya sea a través de verse más fuertes en las situaciones difíciles, de la rabia o mostrarlas únicamente bajo efectos de sustancias alcohólicas, ideas que son reforzadas en casa, en el proceso organizativo, en la ‘recocha’, etc.
Hay una estrecha relación entre la aceptación de estos ideales de género y el consumo de alcohol, ¿cómo es un hombre y cómo es una mujer? En la revisión de estudios previos, he encontrado que entre más se adapte el hombre a estos estándares definidos socialmente sobre lo que debe ser, más probabilidad hay de que tome bebidas alcohólicas con alta frecuencia, es decir, entre más tradicional y fiel a su mandato y rol sea, más consume. Para las mujeres funciona de manera inversa, esto es que, entre más ‘femenina’ sea, menos alcohol consume y en menor frecuencia.
Pero esto hace más notorio que el consumo de alcohol en los pueblos indígenas tiene sus raíces en la crianza, la masculinidad, el contexto social y político, así como el deterioro en la salud mental es consecuencia de las mismas. De igual forma da una salida, aunque poco transitada y hablada: cuestionar esta única idea que tenemos de ser hombre ¿realmente es única? Hay muchas maneras de ser hombre, de habitar y caminar por la masculinidad ¿por qué quedarnos con una que nos ha lastimado?
“¡No sea mala copa, ya le cogió el trago!”: sobre desarmonías
¿Qué ha pasado cuando el alcohol tiene efecto? ¿Cómo se convive entre copas? ¿Quién recoge el ‘reguero’? ¿Quién cuida el guayabo colectivo?
Pues bien, se han hablado de causas y afectaciones, pero poco de las desarmonías que trae consigo el consumo de alcohol dentro de las familias y los territorios indígenas. Como se comentaba al inicio, es clave reconocer algunas como la violencia intrafamiliar y las violencias basadas en género, pues cuando consumen alcohol estas emociones sin tramitar se convierten en ira y puños hacia quienes les acompañan en el camino, su familia y sus parejas sentimentales. Además de la violencia física, trae consigo violencia económica, pues el dinero invertido en alcohol es plata que no llega al hogar y violencia psicológica para quienes lidian con estas situaciones.
También es importante nombrar que en los contextos donde se consume alcohol también tienen lugar otras experiencias de violencia sexual, pues hay un aprovechamiento del estado de inconsciencia en el que están las personas. Estas situaciones muchas veces son denunciadas por compañeras y compañeros, otras se viven en silencio. No se intenta culpar o justificar con el alcohol a quienes cometen este tipo de actos, pero sí alertar y visibilizar sobre estas situaciones, pues lo que no se nombra no existe y es común escuchar frases como “mujer borracha pierde la cucaracha” o “con alcohol todo afloja”, que son problemáticas y normalizan situaciones violentas. Por otra parte, también se ven peleas, accidentes de tránsito por conducir ebrios e incluso asesinatos, que siguen desarmonizando y cortando lazos comunitarios.
Reconocer que hay un problema alrededor del alcohol en nuestras comunidades es necesario para empezar a caminar de frente al futuro, pensando sobre todo en el ejemplo que se está dando, y que ya es un hecho, a jóvenes (donde esta cultura ha dado en tierra fértil) y a las semillas de vida. ¿Cómo prohibirles beber cuando han crecido viéndolo? ¿Cómo negarlo cuando quien firma la resolución es quien viene borracho?
Estas situaciones profundizan las desigualdades dentro de los territorios, se da paso a actores no deseados y situaciones más complejas y graves, perpetuando para nosotros mismos un buen vivir muy lejano. Hay que reconocer que el trabajo no es sólo de autoridades ni de quienes presentan alto consumo de alcohol, sino un trabajo conjunto y mancomunado para la construcción de territorios más igualitarios, menos violentos y más conscientes.
Venga pa’cá- Kwe’sx Kiwe
¿Qué pasa antes de encontrar alivio en la botella? para que una persona decida tomar y lo adapte como una manera de desahogo y hábito, hay factores que la llevan hasta ello. Por esta razón, si bien se intenta problematizar el consumo desmedido de alcohol en los territorios, es importante comprender que la bebida es simplemente un puente que conecta heridas sociales profundas, por lo que satanizarla, prohibirla y sancionarla tampoco ha sido la solución. De igual forma, las desarmonías que se presentan, sin ánimo de quitarles decisiones y responsabilidades a quienes las traen, también responden a otras cuestiones sociales de crianza, dinámicas, discursos y hasta heridas ancestrales, pero ocultarnos y justificarnos allí no permite el avance, hay que hablarlo.
¿Cómo hacer frente ante estas problemáticas? Si la violencia y hacerse el fuerte ha sido un mandato para los hombres indígenas, justamente el reconocimiento de la vulnerabilidad y el sentir es un tránsito hacia el cambio, pues es posible confrontar y luchar contra las desigualdades mientras se abre el corazón, que además abre paso a una sanación, no sólo personal sino colectiva.
Así, la identidad étnica puede pasar de ser un factor de riesgo a un factor de protección ante el consumo de alcohol y otras problemáticas como el reclutamiento, si trabajamos en ello. Por lo que se hace necesario el fortalecimiento de unidad, familia y tolerancia. Pensarnos en otros mundos posibles, en un contexto que exige la inmediatez, es urgente, permitámonos pensar otras formas de vida, un futuro donde no tengamos que perpetuar la violencia.
Comprender entonces que la crianza, el machismo y el alcoholismo han sido construidos social y culturalmente, implica reconocer que no son verdades absolutas, ni naturales, por lo que así como se han traído y acogido en nuestros pueblos, se pueden sacar y transformar. Reconocerlo es importante para así generar redes, protegernos desde el autocuidado, a través de la medicina tradicional y seguir esforzándonos por construir vidas dignas. Aquí la invitación es clara, desde el título hasta el final, dejemos de lado la expresión ‘como niña’ (feminizar) para humillar y provocar, y, el ‘como hombre o varón’ para incitar a competir entre el más fuerte y seguir sosteniendo el machismo. Por eso empecemos por ¡llorar más! ¡por llorar como varón!
“Es evidente que el machismo, lejos de la forma en que se concibe en los territorios, tiene afectaciones directas a los hombres y no es una cuestión sólo de las “mujeres”, sino que afecta a todos y todas como tejido que somos. Para ello, hay que reconocer que la vulnerabilidad y sensibilidad no es únicamente femenina, pues las mujeres no son las únicas que sienten y se afectan, sino a quienes no se les juzga por demostrarlo.»
[1] En este artículo, las comillas se convierten en un gesto de duda. No están ahí para adornar, sino para hacer preguntas. Marcan palabras que repetimos a diario sin pensar en su origen ni en las fuerzas que las sostienen. Cada vez que se abren y se cierran, nos invitan a detenernos: a preguntar por qué decimos lo que decimos, cómo lo decimos y desde dónde lo decimos. Las comillas, entonces, son una pregunta, un recordatorio de que el lenguaje no es neutro, sino un territorio donde se juega el poder de la palabra escrita.