Mirar desde adentro para encontrar el camino. Desafíos del movimiento indígena caucano.

Por: Diana Collazos Cayapu, comunicadora indígena;
Daniela Soto Pito y Daniel Campo Palacios

Pueblo nasa

Reconocer los desafíos y las transformaciones que vivimos en nuestro territorios es también un ejercicio que se debe realizar en minga, esta es una invitación a iniciar diálogos de reflexiones mirándonos desde adentro.

Caminando el territorio, conversando con la gente, trabajando en la minga, haciendo asamblea, sintiendo en la tulpa y pensando en colectivo podemos reconocer los desafíos que enfrentamos como pueblos del Cauca y como partes de un mundo en transformación.

Abrimos camino para invitar a reflexionar sobre esas transformaciones. La forma en la que proponemos hacerlo es mirar desde adentro. Para nosotras, esto significa tocar temas que nos duelen y nos preocupan.

Es hablar despacito, mambeando y tejiendo al ritmo del fuego. Para mirar desde adentro hay que conocer a fondo lo que ocurre en el territorio y lo que se enfrenta afuera. Es abordar nuestros asuntos con malicia. Es, sobre todo, una invitación a escarbar y buscar, a encontrar el camino que nos permita superar el malestar que la institucionalización de la lucha ha generado entre nosotros.


La guerra y la mercantilización de la vida

Cultivos de uso ilícito en territorios del Cauca.

A Edwin Dagua lo mataron en el 2018, cuando tenía solo veintiocho años. En ese momento era sa’th we’sx (autoridad indígena) del resguardo de Huellas, en el municipio de Caloto.

Los cultivos de uso ilícito en diferentes territorios del Cauca ahora son un panorama frecuente, así como también lo es la situación de inseguridad.
Foto de: Daniel Campo Palacios, 2019

Nunca se quedó callado frente al problema más complejo en su territorio: las economías ilícitas que se expanden por las montañas. Estaba convencido de esta lucha construida en colectivo. Por eso, en una asamblea tomó la vocería para plantear la necesidad de comenzar con la minga hacia adentro y recuperar la armonía de la tierra. Esa fue su sentencia de muerte. A los pocos días, el 7 de diciembre, lo asesinaron cuando bajaba a una reunión en la vereda El Credo.

La muerte de Edwin fue un cálculo político y económico de quienes hacen la guerra, pues el sa’th we’sx comprendía a la perfección que en los territorios indígenas la guerra y los cultivos ilícitos son como una serpiente que se muerde la cola: hay cultivos ilícitos para que haya guerra, y la guerra asegura la permanencia de los cultivos ilícitos. Esta guerra que continúa solo busca mantener sometido cualquier proyecto de emancipación y autonomía, porque solo a través de la dependencia pueden mantener el control sobre nosotros.

Hoy, el instrumento de control más potente que enfrentamos es la mercantilización de la coca, la marihuana y la amapola; tres plantas poderosas con profundas conexiones espirituales para innumerables pueblos alrededor del mundo, pero que en el desarrollo del capitalismo global, han sido sometidas a un proceso de transformación en mercancías por industrias multinacionales que, según cálculos de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito –UNODC–, para el 2021, movían alrededor de 400.000 millones de dólares; es decir, entre el 8% y el 15% del comercio mundial (UNODC 2021).

En nuestros territorios, donde están varias de las zonas de producción, también se viven los desbordantes efectos económicos generados por esta industria. Un ejemplo provocador es el caso de la economía de la marihuana en Toribío, que, según la Corporación Ensayos, para el 2019 se calculaba en unos 153.000 millones de pesos, unas cinco veces el tamaño del presupuesto del municipio para el mismo año (Corporación Ensayos 2020: 88). La frontera entre estas economías ilícitas y las lícitas es cada vez más difusa, evidenciando que para que buena parte de la economía local y global funcionen, lo lícito y lo ilícito necesitan complementarse.

Frente al comercio global de las drogas que mercantiliza la vida se han alzado muchas otras voces como la de Edwin, y también fueron violentamente silenciadas. Así ocurrió con las Autoridades Indígenas: Cristina Bautista, en 2019; Sandra Liliana Peña, en 2021; el Thuthenas (consejero) Miller Correa, en 2022, y los veintinueve guardias indígenas asesinados en los últimos años. Enfrentar esta industria desde la dignidad y la resistencia ha cobrado muchas vidas, pero como expresaba Edwin Dagua poco antes de ser asesinado, en la convicción comunitaria de la autonomía hay una alternativa: “el llamado puntual es a avanzar y enfatizar el control territorial. Si lo posicionamos, la comunidad va a volver a creer y va a volver a respaldarlo”. No obstante, como lo muestran los últimos cinco años, las comunidades también han cambiado con las nuevas dinámicas económicas. El control territorial como estrategia de cuidado colectivo ha sido paulatinamente suprimido. Poco a poco, se ha sedimentado la militarización de la vida cotidiana y la violencia se ha legitimado a medida que los cultivos de uso ilícito se posicionaron como principal actividad económica para un importante número de familias.


Matices de la vida comunitaria: cambios y adaptaciones

Proceso de la liberación de la madre tierra en el norte del Cauca.

D. es liberador de la madre tierra desde que tenía dieciséis años. Por allá en el 2005, se metió a pelear en las haciendas La Emperatriz y Japio, en el municipio de Caloto. Ahora, diecisiete años después, sigue liberando tierra de la caña y de los ricos. Es kiwe thegna (guardia indígena) de su territorio e hijo de históricos recuperadores de tierra.

Proceso de la liberación de la madre tierra en el norte del Cauca.
Foto de: Daniel Campo Palacios, 2022

Hace seis años, un policía del Escuadrón Móvil Antidisturbios –ESMAD– le arrebató la visión de un ojo con el disparo de una recalzada. Como muchos otros y otras, tuvo que superar sus heridas en soledad. Seis personas dependen económicamente de él y, para resolver las necesidades más inmediatas, trabaja arriba en las montañas en una pequeña parcela de marihuana. Aún así, la mayor parte de sus días los dedica a liberar la tierra.

D. es parte activa de su resguardo y sus problemas los resuelve en el cabildo. También asiste a las asambleas de cultivadores que convoca “el gremio” –como se le llama a un sector organizado de los cultivadores y cosechadores de marihuana en el norte del Cauca–, para asegurarse de que no la erradiquen. Tiene una deuda con un banco privado para poder sostener un proyecto productivo que no tiene ninguna ganancia asegurada. En su ejercicio de liberador debe mediar y, en ocasiones, enfrentarse a la fuerza pública, a las llamadas disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –FARC–, a las iglesias, a los ingenios azucareros y a otras comunidades de la zona.

Esta es una de las muchas realidades a las que se enfrentan las comunidades en los territorios, viven una encrucijada que ha transformado la relación tradicional con la tierra. Visto desde afuera, puede parecer una incoherencia, o la suma de muchas contradicciones, pero mirando desde adentro, nos obliga a reconocer que las realidades van más allá de los discursos. Frente a esto y escarbando pensamiento, nos preguntamos: ¿Se están escuchando estas voces en los espacios organizativos? Porque no son pocas las ocasiones en las que desde las estructuras organizativas del movimiento indígena se hacen planteamientos que no reconocen las múltiples complejidades en las que los comuneros viven. Al no afrontar estas transformaciones de manera directa, se generan conflictos políticos y sociales al interior de las mismas comunidades.


El proceso y las instituciones

Mayores del territorio, mambeando la palabra y atendiendo en una asamblea a la discusión.
Foto de: Daniel Campo Palacios, 2022

S. es un kiwe thë’j (médico tradicional) con raíces en los cerros. Siente un compromiso profundo con el proceso organizativo y acompaña con alegría los espacios a los que le convocan. Nunca ha pedido dinero por su trabajo de orientación espiritual, porque siente que si lo recibe, el saber que los ksxa’w we’sx (espíritus) le han confiado se irá perdiendo o el trabajo no servirá. Para solventar sus necesidades encontró una opción vendiendo hoja de coca tostada para los numerosos rituales que hace la organización.

Después de mucho enfrentar las desarmonías de su territorio, S. cuenta que le cayó el ptaz o “el sucio”, y duró varios meses enfermo y en recuperación. Cuando por fin pudo volver a trabajar vendiendo la hoja tostada, se encontró con que la organización le pedía el Registro Único Tributario para poderle comprar. El mayor S. no comprendía qué documento era ese que le pedían, pero al no tenerlo la organización optó por comprarle la hoja a un joven que sí tenía los papeles en regla.

Estos documentos legales también se les solicitan a los kiwe thë’j para darles el “cuido”, pues la organización debe justificar los gastos ante las instituciones estatales que transfieren los recursos. Esto ha transformado la relación entre la organización y los sabedores ancestrales, generando, por un lado, rupturas en el entendimiento de la dinámica comunitaria y, por el otro, una expectativa económica frente a los dones tradicionales. Con el ejercicio administrativo todos los saberes de los pueblos se volvieron cuantificables, porque solo dándoles un valor económico son legibles para el Estado.

Para ejercer los derechos adquiridos al interior del Estado tuvimos que poner precio a nuestras vivencias y sueños. No obstante, los mayores siempre nos cuentan que esta lucha se construyó “caminando de a pie”, sin recursos económicos y motivados por una necesidad colectiva, sintiendo el territorio como el espacio de vida para recuperar. Poco a poco todos nos hemos ido acoplando a esta dinámica institucional, adaptando nuestros planes de vida a sistemas, decretos, proyectos y normas. En este sentido, la pregunta que nos planteamos es ¿estamos a tiempo de revertir todo esto? ¿Cuál es la potencia transformadora de este camino? ¿Son estos instrumentos el camino a la autonomía?


La palabra y la acción…

Un líder es ese miembro de la comunidad que puede mirar desde adentro y tiene también la capacidad de comprender la mirada de afuera, para así orientar el proceso frente a los desafíos que se identifican de manera colectiva.

En la historia reciente del movimiento indígena del Cauca han transcurrido tres generaciones en las que se han consolidado tres tipos de liderazgos predominantes: En un primer momento el liderazgo que emerge de la lucha por la tierra, con un discurso articulado alrededor de los puntos de la plataforma de lucha; después llegan los liderazgos producto del pacto social de la constitución de 1991, que consuma la integración de los pueblos indígenas al Estado colombiano y que va acompañado de una narrativa de participación electoral y de derechos humanos; y un tercer tipo de liderazgo que nace desde las estructuras organizativas ya fortalecidas, en el que predominan perfiles académicos y el lenguaje técnico del funcionamiento interno del Estado.

Estos liderazgos no se encuentran únicamente entre las autoridades, sino también en las distintas estructuras organizativas que interactúan con las instituciones y que toman decisiones que afectan lo local, lo zonal y lo regional.

Esta transformación es particularmente visible en espacios como las reuniones de autoridades y asambleas informativas, donde se conocen los avances de la política pública indígena que se negocia tras el Decreto 1811 del 2017. Este escenario de interlocución con el Estado fue el resultado de varias movilizaciones sobre la vía Panamericana.

A estos espacios llegan las autoridades y comuneros muy atentos a escuchar los informes de avances de los proyectos que se han acordado con el gobierno nacional, pero a medida que transcurren las exposiciones, el lenguaje de los apoyos técnicos encargados de la exposición se hace cada vez más especializado: “fiduciarias”, “marcos lógicos”, “trazabilidad”, “indicadores” y otros términos que no comunican nada claro a la comunidad que participa.

Esta narrativa genera una distancia comunicativa entre los equipos técnicos con su saber experto y las bases con sus sueños. Pero ¿es posible reducir esta distancia? ¿O el lenguaje y las dinámicas institucionales nos separan cada vez más entre nosotros? Parece que la brecha entre el lenguaje de la organización y el sentir de las comunidades se hace cada vez más grande. Por eso es urgente agudizar la mirada desde adentro para encontrar el camino.


Volver a ser gente para la tierra

Niña observando mural en medio de la conmemoración de los 50 años del CRIC.
Foto de: Daniel Campo Palacios, 2021

El conocido pensamiento del Padre Álvaro Ulcué nos dice: “la palabra sin la acción es vacía, la acción sin la palabra es ciega, y la acción y la palabra fuera del espíritu de la comunidad son la muerte”. En el último congreso regional, celebrado en agosto del 2021 en Mosoco, Tierradentro, se incluyó en las conclusiones la siguiente reflexión: “Se ha venido recuperando parte de la tierra, ahora tenemos que hablar de recuperar a la gente para la tierra”. Pensamos que al reconciliar la acción con la palabra encontramos un camino para volver a ser gente para la tierra.

El movimiento indígena caucano enfrenta enormes desafíos para su supervivencia en tiempos de intensas transformaciones nacionales y globales. Hemos mencionado en este breve recorrido algunos de los temas que más nos preocupan y que no dan espera. Sentimos que cada uno de estos casos nos enseña partes de una gran encrucijada que no le permite a la organización reaccionar ante los ataques que provienen de afuera y las dificultades que emergen desde adentro.

En la medida en que la guerra y la institucionalización ganan terreno sobre las luchas históricas, las decisiones para encontrar el camino deben ser más drásticas. Aunque en la actualidad se reivindican más derechos que en cualquier otro momento de la historia de Colombia, persisten grandes peligros para nuestra existencia, como los 511 casos de reclutamiento de menores que se han registrado en los últimos cinco años solo en la zona norte, según datos de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca –ACIN– (ACIN 2022: 4)». Frente a esto, todavía no es claro cómo la presencia de “más Estado” (con más derechos y más recursos), sea una opción real para alcanzar los sueños que nos propusimos de manera colectiva.

Por ello, seguimos pensando que ser nasa es caminar la palabra, y caminar la palabra es hacerlo con el corazón. Las palabras que conforman este pensamiento no son solo una frase, sino la huella de una lucha milenaria de resistencia y vida digna.


Referencias

ACIN
Resumen contexto enero-octubre 2022. Tejido de Defensa de la Vida y los Derechos Humanos. Santander de Quilichao, Colombia. 2022

Corporación Ensayos
2020 “¿Es posible superar las economías ilegales? Aproximación a las variables económicas e institucionales del cannabis en Toribío, Cauca”. Patacrítica No. 4. Pp.: 65-146.

PEBI-CRIC
2005 Diccionario nasa yuwe-castellano. CRIC. Popayán, Colombia.

UNODC
2021 “Delincuencia organizada transnacional: la economía ilegal mundializada”. Disponible en: https://www.unodc.org/toc/es/crimes/organized-crime.html (Acceso: 27/07/2022).