Por: Xochitl Espinosa Santiago y Ofelia Santiago Hernández Pueblo: Ñuu Savi Zona: Oaxaca, México

Horizonte, pueblo Ñuu Savi San Mateo Peñasco, Oaxaca, México Foto: Luis Enrique García Reyes. 2024

Soy descendiente del Ñuu Savi o Pueblo de la Lluvia, amplia­mente extendido en el suroeste mexicano, en el territorio actualmente conocido como Región Mixteca, donde se en­cuentra el origen de los Na Savi o gente de la lluvia, que es como nos autodenominamos. Siendo parte del Ñu’u Savi o tierra de la lluvia, mi comunidad de origen, San Mateo Peñasco, está ubicada dentro de la Mixteca Alta del Estado de Oaxaca y debe su nombre a una elevación rocosa natural que hay en su territorio, bajo la cual está asentada la población.

La Peña, como nosotros la conocemos, está ligada al origen de la co­munidad y en su cima hay vestigios arqueológicos que señalan que fue habitada desde tiempos ancestrales, incluso podemos encontrar en ella pinturas rupestres y aunque no hay una exploración arqueo­lógica formal, se sabe que fue un sitio socialmente importante de la nación Ñuu Savi en distintos periodos.

Una historia, resguardada de forma oral por mi pueblo, relata cómo fue erigida esa peña. Abuela Agapita Santiago, una de nuestras mu­jeres mayores y sabias del territorio, relata una versión de esa histo­ria, la cual fue traducida del tu’un savi al español por Ofelia Santiago Hernández, donde menciona que:

“ La palabra de nuestros ancestros dice que hace mucho tiempo, exis­tieron seres gigantes habitando la tierra en la que actualmente vivi­mos, llamados Ndosos. Fue uno de ellos, Ndoso yií (Ndoso hombre), quien hizo la peña, dando órdenes y silbando acomodó roca sobre roca, pues estas le obedecían y se movían según su instrucción y así lo hizo hasta formar una peña muy alta, la cual sería su casa cuando se casara con Ndoso si’i (Ndoso mujer), la cual era de la región de la costa, pero las rocas al enterarse de las intenciones de Ndoso yií de casarse con una Ndoso de la costa dejaron de obedecerle y es por eso que en la actualidad hay muchas rocas en la falda de la peña. Luego Ndoso si’i se llevó la mitad de ‘La Peña’ a la región de donde ella era originaria, donde existe una peña parecida. Ndoso yií había dejado un hueco en la cima, en el cual pretendía crear una laguna en donde hubiera peces, pero al no consumar su compromiso con la Ndoso de la costa los peces ya no llegaron a existir en ese sitio y solo quedó un pequeño yacimiento de agua”.

que, aunque cada vez sean menos abundantes y menos cuidados, aún nos proveen de agua suficiente y junto a las tem­poradas de lluvia nos permiten cultivar la milpa (cultivo de maíz, frijol y calabaza ), una variedad amplia de hortalizas y sostener una vegetación diversa y abundante de árboles y plantas silves­tres, comestibles y medicinales, que nos ayudan en nuestra vida diaria. Una de las principales acti­vidades de sustento económico en mi comunidad es justamente la siembra y venta de hortalizas y frutas de temporada.

Una breve historia familiar

Mis padres nacieron y vivieron su infancia en San Mateo Peñasco, sin embargo, a muy temprana edad, ambos tuvieron que migrar para poder acce-der a otras oportunidades de vida y, sobre todo, a más oportunidades educativas y de trabajo.

Mi madre comenta al respecto que: “Tu abuelito Checho llevó a tu papá y a tu tío a estudiar a Yo­sondua, para que pudieran terminar la primaria, porque en el pueblo solo se podía estudiar hasta tercer grado y así estuvo, de internado en inter­nado, hasta que logró terminar su carrera en la Normal de Tiripetío. En mi caso, mi abuela Mo­desta me llevó a vivir a Sahagún, Hidalgo, cuando yo tenía entre 5 o 6 años, y ahí estudié la primaria. Después, me fui a trabajar a la capital y terminé mi secundaria estudiando por las tardes, cuando quise estudiar la carrera, las personas para las que trabajaba decidieron apoyarme porque veían que me gustaba mucho estudiar y tenía muy buenas calificaciones, también tu tía Domi y tu tío Luis me ayudaron siempre con algunos gastos, solo así pude estudiar”.

Mis padres lograron graduarse de maestros, se casaron y al ejercer su profesión trabajaron en diferentes lugares, donde mis hermanos y yo crecimos, volviendo a mi comunidad solamente en vacaciones o en algunos fines de semana.

Fue hasta 1992 que volvimos a establecernos en mi comunidad, debido a que la asamblea de mi pueblo nombró a mi padre como presidente municipal, por lo que mis hermanos y yo pudimos vivir un periodo en mi pueblo, antes de migrar nuevamente para poder continuar nuestros estudios.

“Visitar constantemente mi pueblo y después vivir en él, me ayudó a crear y fortalecer el vínculo con mi territorio, algo que fue alentado siempre por mi padre y mi madre. Además de ello, una experiencia que viví en mi niñez a través de una sanación tradicional y ancestral de mi pueblo, conocida como recogimiento de Ñi’i y recogimiento de Kuee ntyuu, me ayudó a acercarme a la cosmovisión original de mi pueblo y construir un entendimiento de ella de manera directa, lo cual fue para mí un punto de partida y me motivó a buscar entender más de mis raíces identitarias.»

Ofrecimiento de comida al Ñi’i San Mateo Peñasco, Oaxaca, México Foto: Xochitl Espinosa Santiago. 2024 Edición: Luis Enrique García Reyes.

También me permitió conservar a través del tiempo, a pesar de las influencias o presiones externas, mi pertenencia y la valoración de mi territorio e identidad como hija del Ñuu Savi y sostenerla con dignidad, como lo hacían mi padre y madre.

Abuela, sostenedora de los saberes (Agapita Santiago) San Mateo Peñasco, Oaxaca, México Foto: Luis Enrique García Reyes. 2024

Resguardo de los saberes sobre rituales de sanación tradicionales y ancestrales en San Mateo Peñasco

En relación con los rituales de sanación que pre­serva mi pueblo, conocidos como recogimiento de Kue’e ntyu’u y recogimiento de Ñi’i, algunas mujeres mayores de mi pueblo comparten sus conocimientos sobre estos rituales tradicionales y ancestrales. En este artículo les presento a cada una con el título de abuela o tía, en muestra de respeto y cercanía de acuerdo con la tradición de mi pueblo. Estas entrevistas se llevaron a cabo con la ayuda de la interpretación de Ofelia Santia­go Hernández del tu’un savi al español.

Tía Azucena Santiago Ortiz, quien aún conserva el uso de estos rituales tradicionales de sanación, explica que: “Kue’e ntyu’u quiere decir enferme­dad de espanto, se le llama así porque es la enfer­medad que nos da cuando nos asustamos mucho en algún lugar”.

Es sabido en la comunidad que para sanar un es­panto, como se le dice comúnmente, tiene que rea­lizarse el ritual de recogimiento de Kue’e ntyu’u en el sitio donde tuvimos esa mala experiencia.

Con respecto al Ñi’i, abuela Agapita Santiago, a quien hemos presentado con anterioridad, relata que:

“Ñi’i es el nombre que se dio a las pequeñas edi­ficaciones que muchas familias conservaban an­teriormente en alguno de sus terrenos, las cuales habían sido construidas mucho tiempo atrás por nuestros antecesores a base de piedras y lodo y eran utilizadas para hacer sanaciones”. Además, ella recuerda que: “las personas entraban des­nudas al Ñi’i y mediante el vapor de agua hacían sudar su cuerpo, luego exponían a ese vapor un ramo de cazahuate (palo bobo) y se rameaban todo el cuerpo. Al salir descansaban envueltos en cobijas. Lo hacían de dos a tres veces para sanar”.

Actualmente, solo hay vestigios de esas edifica­ciones antiguas en algunos terrenos y nuestros mayores nos dicen que se debe tratar con respeto al lugar donde hubo un Ñi’i, ya que ahí está guar­dada la energía de las personas que conforman la familia de quien lo tuvo y la de sus ancestros, por lo que si le ofendemos, pisando sus vestigios o desacomodándolos, este puede “agarrarnos” y eso provocaría que nos enfermemos, sin poder sanar con ningún otro tipo de medicina más que solo a través del ritual conocido como recogi­miento de Ñi’i.

Lo mismo sucedería si discutimos y nos enoja­mos, nos espantamos o vivimos alguna situación que nos altere emocionalmente cerca de donde hubo un Ñi’i.

Abuela Otilia Hernández Ortiz, quien es reconoci­da en la comunidad por ser una de las personas que preserva el método de sanación a través de los ri­tuales tradicionales de recogimiento de Ñi’i y Kue’e ntyu’u, explica que: “para realizar alguno de estos rituales, primero se debe de conocer qué lugar nos está enfermando”. Para esto, se consulta a perso­nas de la misma comunidad que conocen algún método tradicional para saberlo, dentro de los que están los que pulsan la mano. Una vez que se con­firma el lugar, se habla con las personas que saben hacer el ritual para que nos ayuden a realizarlo.

Abuela Otilia, agrega que: “recoger un Kue’e ntyu’u es más sencillo que recoger un Ñi’i, solo necesito llevar huevo, incienso, aguardien­te y agua al lugar donde lo voy a recoger. Pero si es un Ñi’i es más laborioso, porque necesito preparar comida especial para dar de comer al lugar y guardar un poco de esa comida para repartir con las personas de la casa y los que llegan”.

Mi madre me comenta que: el recogimiento de Kue’e ntyu’u lo pue­de realizar cualquier persona, pero deber una persona grande de edad. En cambio, para un recogimiento de Ñi’i sí es necesario que lo haga una persona especial, la que conoce cómo hacerlo.

Abuela Agapita nos recuerda que: “las personas que realizan este tipo de ritual deben de ser personas muy valientes y fuertes de es­píritu, porque si no lo son, al realizar su trabajo podrían enfermar”.

En entrevista, abuela Agapita y mi madre coinciden en que es muy importante que la persona que lo realice sea realmente conocedora del procedimiento y lo pueda hacer bien, porque de no ser así, quien recibe la sanación no se recupera y su salud incluso podría agravar.

Es conocido también que durante el ritual nadie debe enojarse o actuar de forma grosera, todos deben convivir en armonía para no ofender al lugar y que la sanación sea efectiva.

Mi experiencia con los rituales tradicionales de sanación Ñuu Savi

En una ocasión, yo enfermé y durante varios días experimenté do­lores de cabeza agudos y repentinos, los cuales me provocaban vómito o desmayo. Mis padres me llevaron a varias consultas con médicos y recibí algunos tratamientos de la medicina alópata, sin embargo, estos no lograron mejorar mi salud.

El enfermarme coincidió con un tiempo en el que mis padres tuvie­ron que trasladarse a la Ciudad de México para asistir a un plantón convocado por el sindicato de maestros, por lo que tuvieron que dejarnos a cargo unos días con sus compadres, tío Isidro y tía María Luisa, quienes vivían en el pueblo y eran personas muy estimadas y de confianza para ellos.

“Yo no pude entender lo que conversaban porque, a pesar de que mi papá y mi mamá sabían hablar tuun savi, no nos enseñaron a mis hermanos y a mí a hablarlo, ya que para ellos el hablar una lengua originaria y posteriormente hablar el castellano les significó discriminación en diferentes espacios, principalmente en los académicos, y no querían que nosotros nos enfrentáramos a esa misma discriminación.»

Fue así como sucedió mi primer encuentro con las prácticas de sa­nación tradicionales y ancestrales Ñuu Savi, que mi comunidad resguarda. Recuerdo muy bien que ese acercamiento comenzó un día lunes de plaza. Le decimos así porque es el día en el que la gen­te de mi comunidad se reúne en el centro de la población a hacer vendimia o trueque de diferentes productos con comerciantes de otros pueblos.

Fue tío Isidro quien me llevó ese día a la plaza y, mientras estába­mos ahí, un señor se acercó y se dirigió a él hablándole en tu’un savi.

Después de una breve conversación, tío Isidro me pidió que le per­mitiera a aquel señor tomar mi brazo para revisarlo, ya que el señor le había comentado que desde que me vio notó que yo “tenía algo”, lo cual era una manera de decir que notaba la causa de mi enfer­medad de una manera no física, sino espiritual y que me notaba ya muy débil, así que ofreció su ayuda para saber cómo podría sanar. Una vez que mi tío me comunicó esto, yo asentí y el señor procedió a revisarme con su método.

Recuerdo que tomó la muñeca de mi mano con sus pulgares e hizo una oración en tu’un savi, después avanzó pulsando varios puntos de mi brazo, marcando cruces cada vez que cambiaba de posición. Mientras me revisaba, iba comentando lo que encontraba a mi tío, expresándose con mucha seguridad, mi tío escuchaba con atención y hacía preguntas, yo solo observaba. Al concluir, mi tío le agradeció regalándole algunos panes y algo de beber.

Ahora sé, por diversas indagaciones que hice en mi territorio al ir creciendo, que aquel señor venía de San Pedro el Alto, una localidad cercana a nuestro pueblo. Era un pulsador, una persona que puede hacer una lectura del estado de salud de otra persona a través del pulso, con ello puede diagnosticar si la enfermedad que le aqueja responde a una causa física, emocional o espiritual, para hacer una recomendación de cuál es la vía para curarse. Algunas veces eso im­plica tomar té de hierbas, otras, mejorar las relaciones personales, y en otras, como en mi caso, recoger el Ñi’i o el Kue’e ntyu’u.

Al volver a su domicilio, mi tío platicó con su esposa y como lo hizo en español pude entender. Dijo que el señor que me pulsó el brazo le comentó que yo me había enfermado porque al lugar en donde nació mi madre, mis padres no habían pedido permiso para ocuparlo y seguramente también ahí me había espantado. Entonces, el lugar esta­ba enojado y por ello había “agarrado” mi espíri­tu; de continuar sin ofrecerle de comer, como lo hacían mis ancestros, y disculparse con él, muy seguramente mi salud podría agravar mucho más, hasta provocar mi muerte.

Mis tíos se preocuparon mucho entonces, porque entendían que la cura a lo que yo tenía tendría que hacerse mediante el ritual tradicional. Su preocupación gi­raba en torno a la posible nega­ción de mis padres, pues duda­ban que tuvieran fe en este tipo de sistemas de sanación.

Mi madre me dice al respecto que: “mis compadres pensaban que tu papá y yo ya no creíamos en recoger Ñi’i o Kue’e ntyu’u por­que éramos maestros y, en aquel tiempo, muchos de los que llega­ron a estudiar y ser profesionistas dejaron de creer en ello y lo consi­deraban mera superstición”.

Debido a esa preocupación y sabiendo la importancia de realizar el ritual para que yo sa­nara, tío Isidro y tía María Luisa tomaron la decisión de organi­zar y llevar a cabo mi sanación, pidiendo el apoyo de una per­sona que conocía cómo hacer el ritual. Mis padres volvieron el mismo día que se realizó mi sanación, pero ya había terminado todo el ritual y mis tíos explicaron sus razones a mis padres.

“Siento que es un acto muy bello, porque las per­sonas podemos compartir con algo que no vemos pero que sabemos está pre­sente y nos hacemos cons­cientes de que es impor­tante convivir con respeto y armonía entre nosotros y también con el entorno natural, al cual podemos entender como un igual y no algo que podemos usar o aprovechar sin equilibrio, sin cuidado y sin respeto, e incluso estar en él o habi­tarlo sin pedirle permiso.»

Mi madre dice al respecto que: “nosotros no nos mo­lestamos, por el contrario, les agradecimos el apoyo que nos dieron a nosotros como padres y entendi­mos que lo hicieron por el afecto que nos tenían”.

Lo que yo recuerdo de aquel día fue que me lleva­ron a dos lugares distintos, ahora sé que en uno me recogieron un Kue’e ntyu’u y en el otro me recogieron el Ñi’i, porque ese día ofrecieron co­mida a la tierra y después también a las personas que llegaron. Mi corta edad, que era entre seis o siete años, me permi­tió vivir ese momento sin prejuicios y eso fue determinante para que pudiera compren­der todo aquello que las personas mayores de mi comunidad hi­cieron en el ritual para que yo sanara. Desde un lenguaje simbóli­co y corporal, entendí que estaban sanando mi relación con “el lu­gar” o la tierra que vio crecer a mis abuelos y ancestros, pues ocurrió en el terreno que he­redó mi madre, al cual las personas sanadoras trataron con mucho respeto. Lo pude notar por como acomodaron con mucho cuidado la comida que le ofre­cían, mientras decían algo en tu’un savi, entendí por el tono de su voz que estaban pidiendo algo, posteriormente mi madre me explicó que le esta­ban pidiendo al lugar que me devolviera la salud.

Ese día también me envolvieron en una cobija y ramearon todo mi cuerpo con hierbas, que ahora sé que son de yuku ñi’i (planta de ñi’í).

Se me hizo un gesto importante que, al final, pa­sarán a compartir con cada persona que asistió un poco de la comida que especialmente se hizo para dar de comer al lugar, fue como convivir con la en­tidad que resguarda el lugar o la tierra, al cual se le trató con sumo respeto.

El futuro de nuestra comunidad y nuestros rituales

Esta experiencia sirvió para que mis padres volvie­ran a darle el valor a nuestras tradiciones, como las de pedir permiso al lugar o a la tierra para habitar­la, que se hace mediante el ofrecimiento de aguar­diente al lugar, y también volvieron a creer en el sistema de sanación ritual que hay en mi pueblo.

Comenta mi madre que: “al día siguiente tú ya pediste de comer, ya estabas contenta y estuvi­mos muy al tanto de la hora, porque siempre a una misma hora del día te desmayabas, pero ya no volviste a desmayarte. Así pasaron los días y tú ya no volviste a estar mal. Eso me hizo pensar que entonces sí es cierto que al lugar donde vives debes pedirle permiso, así como lo hacían nues­tros padres, porque es delicado en cómo lo tratas”.

Lamentablemente en mi pueblo cada vez hay me­nos personas que conocen o practican el método para realizar estos rituales de sanación. Abuela Otilia nos comparte que: “cuando no aguanto a hacerlo todo, entonces le pido a alguien que me ayude, pero las personas que me ayudan no quie­ren aprender”.

Ofrecimiento de comida al Ñi’i, San Mateo Peñasco, Oaxaca, México, Foto: Xochitl Espinosa Santiago. 2024; Edición: Luis Enrique García Reyes.

Además de que se está perdiendo poco a poco la trasmisión de esos conocimientos, de generación en generación, también uno de elementos natu­rales que se utiliza en este ritual está disminuyen­do en el territorio: la planta de yuku ñi’i. Esto ha empujado a las personas sanadoras a sustituirla con otra planta, el chamizo, por lo que podemos apreciar cómo está en riesgo la sobrevivencia de esta tradición ritual de sanación, de la misma ma­nera que pasa con la forma de nombrar lo nuestro, desde nuestra lengua y poder así construir un en­tendimiento de nuestra cultura sin el sesgo que causan las influencias externas.

Recordando las palabras de abuela Agapita men­ciona que: “las personas que hacían los rituales antes hablaban con mucho respeto al ‘lugar’ y se dirigían a este como ‘Santa Lugar’, iniciando sus peticiones con la oración ‘madre santísima, Santa Lugar’. No santo, sino santa, porque la considera­ban mujer, pero ya no recuerdo bien las palabras con las que lo decían en nuestra lengua, porque las personas en la actualidad no las utilizan”.

Por eso, pienso que es fundamental promover el rescate y la revaloración de estos rituales de sanación, porque al desaparecer estos, también desaparece un gran conocimiento que nuestros mayores conservan aún para que las generaciones nuevas las tomemos, pero es necesario aprender a escucharles y sobre todo a no desvalorizar ese conocimiento, ya que en él está intrínseco lo más sagrado de nuestra identidad, nuestro funda­mento de vida y de existencia, nuestra cosmovi­sión y espiritualidad, que nos dota de una mirada y actitud distinta ante el mundo, la cual nos invita a vivir en equilibrio y armonía con nosotros, en­tre nosotros y con todo lo que existe en el lugar que habitamos.

Foto: Abuela Otilia Hernández Ortiz, mujer sanadora San Mateo Peñasco, Oaxaca, México Foto: Luis Enrique García Reyes. 2024