Semillero Kiwe Uma, territorio San Andrés de Pisimbalá; Foto: Yesid Poche Chacue, 2025.

Por: Yuliana Ulcué y Yesid Poche Pueblo: Totoroez y Nasa

En los territorios montañosos del Cauca, al suroccidente de Colombia, donde el viento arrastra historias milenarias, la vida late al ritmo de diversos idiomas. Entre ellos, dos laten con fuerza: el Namtrik del pueblo Totoroez y el Nasa Yuwe del pueblo Nasa de Tierradentro, los cuales no son solo palabras, sino memoria viva que guarda cosmovisiones únicas y teje un hilo invisible uniendo a la comunidad con su territorio, su identidad y con la voz espiritual de la Madre Tierra.

El Namtrik y el Nasa Yuwe “germinan como raíces vivas en la tierra” y se encienden en el fuego, donde la sabiduría de los mayores revive en la voz de los niños. Sin embargo, a pesar de su profunda importancia, enfrentan desafíos que amenazan con silenciarles para siempre.

Este artículo se sumerge en las reflexiones de diferentes personas sabedoras, educadoras e infancias, develando la profunda conexión entre el idioma, la identidad, la espiritualidad y la lucha por la pervi­vencia cultural. A través de sus historias, evidenciamos un panorama complejo donde el trauma histórico de la colonización se mezcla con la esperanza y el compromiso de las nuevas generaciones.

La urgencia de la palabra: un legado en peligro

La historia del Namtrik y el Nasa Yuwe es un relato de resistencia. A lo largo de siglos, la colonización y la imposición del castellano qui­sieron silenciarlas, pero la palabra permaneció viva, resguardada en el corazón de la gente.

Hoy, su revitalización es imprescindible para dar fuerza al presente y abrir camino hacia el futuro.

Sin embargo, las cifras son alarmantes: en el pueblo Totoroez, de 8.032 personas, apenas 60 ha­blan fluidamente el Namtrik, en su mayoría mayores; esto eviden­cia una seria ruptura intergenera­cional. Por su parte, el Nasa Yuwe, aunque más vital, también enfren­ta un debilitamiento progresivo, especialmente entre los jóvenes.»

Para los mayores, la pérdida de un idioma no es solo la desaparición de palabras; es el desvane­cimiento de un pensamiento originario, es el re­sultado de la colonización del pensamiento que borra a otras cosmovisiones únicas en el mundo.

El Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) ha reconocido que recuperar las lenguas originarias es un acto de pervivencia espiritual y defensa del te­rritorio. Así, nacen los semilleros lingüísticos, espa­cios sagrados donde la lengua se enciende “como el fuego”. Aquí, el aprendizaje se entrelaza con la espiritualidad, y los niños sienten que al hablar en su idioma los espíritus y la tierra los escuchan.

Contexto de los semilleros del pueblo Totoroez y el pueblo Nasa

Los semilleros son mucho más que un espacio educativo: son un tejido vivo de resistencia, me­moria y espiritualidad. En el territorio de Tie­rradentro, más exactamente en Wēdx Yu’ (San Andrés de Pisimbalá), los semilleros lingüísticos Naketrak Ñipe Srap Kosrejau (Fogón donde se en­seña a tejer) en el pueblo Totoroez y Kiwe Uma (Madre Tierra) en el pueblo Nasa, se han configu­rado como escenarios comunitarios fundamen­tales para la revitalización cultural y lingüística. Allí, la infancia ocupa un lugar central, guiados por los y las mayoras sabedoras ancestrales, mé­dicos tradicionales, músicos, tejedores, tejedoras, artesanos y artesanas, se sumergen en un proceso de aprendizaje que trasciende lo académico y se convierte en un acto de afirmación identitaria. En cada encuentro el Ipx Kath (fogón comunitario en Nasa Yuwe), se convierte en escuela donde la palabra y el silencio dialogan con la memoria de los mayores.

Alrededor del fuego, las semillas de vida, apren­den a cantar, danzar y narrar en lengua originaria. Pero no se trata únicamente de prácticas artísti­cas: en ese calor del fogón se fortalecen los lazos intergeneracionales y se siembra en la niñez la certeza de que la lengua Namtrik y el Nasa Yuwe trascienden la comunicación: son puentes espi­rituales hacia la identidad, el territorio y la vida comunitaria. Las dinámicas de los semilleros se sostienen en el respeto mutuo. Los mayores trans­miten los saberes a través de la oralidad, mientras los niños escuchan, imitan y repiten hasta hacer suyo el idioma y sus valores. Este método peda­gógico, que integra palabra, cuerpo y espíritu, se levanta frente a los siglos de colonización que intentaron borrar las lenguas y las raíces de los pueblos originarios. En el caso del pueblo Toto­roez, la importancia del esfuerzo comunitario por mantener viva la lengua Namtrik, es la urgencia de tejer espacios futuros donde la infancia pueda continuar con este legado. Así mismo, en el pue­blo Nasa los semilleros han logrado una mayor continuidad, fortaleciendo la transmisión del Nasa Yuwe en espacios comunitarios y educati­vos. Más allá de las diferencias entre territorios, estos procesos representan una apuesta com­partida: revitalizar la lengua como núcleo de la identidad y la espiritualidad a través de un acto político de resistencia que busca la continuidad de los pueblos frente a los riesgos del olvido y la desaparición cultural.

La lucha contra el silencio: una historia de resistencia y dolor

La historia de las lenguas originarias Namtrik y Nasa Yuwe ha estado marcada por la resisten­cia. Durante la época de la colonia y la posterior imposición del castellano, se buscó de manera sistemática apagar estas voces. El mayor, Marcos Ulcué del pueblo Totoroez, evoca un pasado do­loroso donde el miedo se usaba para silenciar sus voces. Se amenazaba con la quema y el corte de la lengua a quienes se atrevieran a hablar Namtrik; no fue solo un acto de crueldad, sino un intento de borrar la identidad de su pueblo, obligando a sus ancestros a guardar su idioma ‘en un rincón bien guardado’. Así lograron que el sometimiento cultural se transmitiera de generación en genera­ción. Aun así, la palabra no murió, quedó latente, esperando el momento de resurgir.”

El sabedor Gentil Güejia, dinamizador y formador en el semillero Kiwe Uma en el pueblo Nasa, por su parte, describe cómo la pérdida de la naturali­dad en el aprendizaje del Nasa Yuwe fue un pro­ceso gradual, llevando a interiorizar los valores del opresor. El idioma que en su niñez era la única forma de comunicación en el hogar, el campo y la asamblea, se vio afectado por varios factores:

La influencia económica: los niños que salían a trabajar en las cosechas de café regresaban ha­blando castellano, llevando consigo un nuevo idioma que, poco a poco, fue ganando terreno en la comunidad.

La educación bilingüe fallida: paradójicamente, los propios profesores bilingües, que hablaban Nasa Yuwe, dejaron de enseñarselo a sus hijos, pensando que el castellano les daría más oportu­nidades de trabajo y éxito en el futuro. Este es el reflejo de una sociedad que ha impuesto sus es­tándares de éxito, denigrando las formas de vida y los saberes propios, como consecuencia de esta misma lógica.

La unificación por conveniencia: la comunica­ción entre los diferentes pueblos indígenas se empezó a hacer en castellano, perpetuando el idioma del colonizador y debilitando las lenguas propias, llevando a que los mismos integrantes de la comunidad se convirtieran, de forma incons­ciente, en agentes de la asimilación.

La falta de prestigio: con el tiempo, el castella­no se volvió el idioma del “prestigio”, y muchas fa­milias optaron por hablarlo, dejando de lado el Nasa Yuwe en la crianza de sus hijos, siendo así una etiqueta impuesta por un sistema de clases que categoriza y jerarquiza a los hablantes según su capacidad de adaptación.

El idioma como raíz y espíritu: la conexión que perdura

Los pueblos Totoroez y Nasa nos enseñan que la lengua abraza a la comunidad con su territorio, su memoria y su espiritualidad; es la manera en que la vida se hace presencia en el ser. La Madre Tierra y sus espacios de vida se comprenden y encuentran sentido a través del idioma. La mayora Abigail Pi­ñacué, educadora del semillero Kiwe Uma, no solo enseña el Nasa Yuwe, sino que guía a los niños a sentir que la Tierra habla a través de ellos; explica que su objetivo va más allá de la simple memorización de palabras. Busca que “la sientan en el cuerpo.” Es un sentimiento palpable: para ella, el idioma es un canal para comunicarse con los espíritus protectores y las energías que guían a las personas. Yu´zxi’k Ipia Gue­jia, niño del semillero Kiwe Uma, lo resume con senci­llez: “Cuando hablo en Nasa Yuwe, siento que los espíri­tus me escuchan”.

“La revitalización del Namtrik no es un proyecto pedagógico, sino un acto de sanación para el pueblo así lo afir­man varios mayores de este territorio.Por su par­te el mayor Gentil, del pueblo Nasa, nos advier­te que perder nuestra lengua es perder la capa­cidad de resistir, de vivir con identidad. Pero este texto no es una lamenta­ción, es un llamado a la acción, a la revitalización de estas lenguas como un acto de amor y sanación colectiva.»

Imaginar que el idioma no es solo un conjunto de pa­labras, sino medicina que se toma por el oído y el cora­zón, es una de las ideas que comenta el mayor Marcos Ulcué identificando lo que representa el Namtrik para él: “es una fuerza vital que conecta a la persona con los médicos tradicionales, las comidas propias de la tierra y la armonía con la naturaleza”. Por su parte la mayora Gertrudis Be­nachi también del pueblo Totoroez comenta que ella visualiza la lengua materna como una fuerza protectora; “en el“kur” que es el ombligo que te une a la madre tierra, un vínculo que te sana y te recuer­da quién eres”.

La esperanza en las nuevas generaciones

El destino de una lengua no está escrito, lo tejemos nosotros, y en ese tejido, la mujer indígena es uno de los hilos más fuertes. La mayora Abigail Piñacué nos invita a reconocer y honrar a las mujeres como uno de los pilares para la transmisión de la lengua y el orgullo cultural, pues en las condiciones cultu­rales actuales son quienes pa­sanla mayor parte del tiempo con los hijos en sus primeros años. Sin embargo, este rol se ha visto debilitado por la discri­minación histórica, el machis­mo y las creencias religiosas que han apagado esa llama. Además señala que “Defender estas lenguas es tan esencial como el agua y una causa que une a todos los pueblos. Es una manera de tejer un futuro en el que la voz originaria recorra, fuerte y orgullosa, los senderos de los territorios ancestrales”. Aunque el camino es largo, la esperanza no es un sueño leja­no: está viva, palpitante, en los corazones y la creatividad de los niños de los pueblos Toto­roez y Nasa.

Así lo afirma también la sabedora Fernanda Ul­cué, responsable del semillero lingüístico del pueblo Totoroez, quien recuerda que la mujer es semilla y raíz en la continuidad del Namtrik. Para ella, la transmisión de la lengua no ocurre solo en los espacios de enseñanza formal, sino en cada gesto de cuidado y en cada práctica cultural que sostiene la vida: los tejidos, la música, la danza, los relatos heredados de los mayores. “Así como damos vida también guiamos y orientamos los usos y costumbres, organizamos y acompañamos con ternura y firmeza, para que los niños crezcan con identidad y con orgullo de llamarse Totoroez”, dice Fernanda.

El Namtrik y el Nasa Yuwe: un compromiso con el futuro

La revitalización de estas lenguas no es una tarea que se limite a las aulas, sino una forma de volver al equilibrio y de reconectar con la naturaleza y los ancestros. La mayora Piñacue afirma que la len­gua “no se guarda en los libros, sino que se lleva en el cuerpo y se cuida con el corazón”; cuestio­na el modelo educativo occidental que prioriza la memorización y la instrucción sin tomar en cuenta el contexto donde se está. “La estrategia aquí no es un currículo, sino una vivencia”, men­ciona. Nacer indígena es, para ella, un regalo del universo, una oportunidad para ser coherente con la naturaleza, con la vida y con los ancestros. Se busca que la lengua sea una manifestación de la identidad, una extensión del ser, y no un mero co­nocimiento adquirido. Esto representa un desafío a las instituciones educativas que, históricamen­te, han contribuido al desplazamiento lingüístico al imponer el castellano como única lengua de prestigio y conocimiento.

En el territorio de Totoró, por su parte, el Mayor José Bolívar Sánchez menciona que la esperanza está en generar nuevos hablantes de Namtrik. Para él, la clave es sembrar una “semilla de pa­labra” en los corazones de los niños para que la lengua florezca en ellos, conectándolos con su espiritualidad y su identidad más profunda. Es un llamado a la acción dirigido a los adultos y, en particular, a los mayores.

Así mismo, el Mayor Marcos Ulcué cree firme­mente en la posibilidad de que la lengua vuelva a florecer. Aconseja a los mayores ser los principales maestros, hablar Namtrik con alegría y sin temor, incluso con la niñez, en el enamoramiento y en la vida diaria. Hace crítica a la inacción y la vergüen­za que a menudo impiden a los mayores hablar su lengua. Su mensaje a los jóvenes es contundente: “no dejen morir su lengua”. No solo es una reflexión sino también una denuncia de la apatía que ha permitido el deterioro lingüístico. La estrategia se basa en la revitalización desde el núcleo familiar y comunitario, en donde los mayores, al hablar con “alegría y sin temor”, se convierten en los princi­pales agentes de cambio, asumiendo su rol como transmisores del legado cultural.

La lucha por la pervivencia de los idiomas Namtrik y Nasa Yuwe es un acto político y de dignidad tan ur­gente como respirar. La revitalización es, por lo tan­to, una herramienta para tejer un futuro en el que la voz de las lenguas originarias no solo sobreviva, sino que se integre con fuerza y orgullo en nuestros territorios, desafiando la imposición del castellano y las estructuras de poder que lo sostienen, pues en cada lengua originaria se guarda conocimiento, pensamiento y formas de ver el mundo.

Voces del pasado y el futuro: los mayores y las infancias en nuestros territorios

Gobernadora estudiantil, juventud y liderazgo del pueblo Totoróez; Foto: Yesid Poche Chacue, 2025.
Gobernadora estudiantil, juventud y liderazgo del pueblo Totoróez; Foto: Yesid Poche Chacue, 2025.

Mientras que los mayores Gentil Güejia del pue­blo Nasa y Marcos Ulcué del pueblo Totoroez son guardianes de la memoria, revelando el dolor de un pasado de opresión y silencio, ambos coin­ciden en que la esperanza reside en las nuevas generaciones, porque son el eco que romperá ese silencio para siempre. Ellos ven en los niños las “semillas vivientes” que tienen la energía para enamorarse de su idioma y reconectar con la sa­biduría ancestral. La esperanza no es una idea abstracta, sino que tiene nombre y rostro en los niños y niñas que, con alegría y creatividad, están reescribiendo la historia de sus idiomas.

Al respecto, Ksxa’w Cuscue, uno de los niños per­tenecientes al Semillero Kiwe Uma del pueblo Nasa, nos enseña que el camino de la revitaliza­ción no es un sendero de dolor o de libros empol­vados, sino un viaje de conexión y vida. Para él, el Nasa Yuwe no es una lengua muerta; tiene vida propia, una que le permite hablar con sus ances­tros. Su propuesta es un recordatorio poderoso: el idioma vive a través del juego, la risa y la cone­xión con la naturaleza. No se trata de memorizar palabras, sino de sentirlas, de hacerlas propias en cada juego, en cada canción, en cada momento.

De la misma manera, Dency Angucho, niña del pueblo Totoroez, reflexiona con claridad: “Apren­der Namtrik es importante porque somos el futu­ro. El idioma nos enseña la armonía, el equilibrio y la forma de vida que dejaron los mayores “.Para ella, el Namtrik es semilla y raíz; aprenderlo sig­nifica mantener viva la memoria de los mayores y proyectar un horizonte donde las nuevas genera­ciones continúen caminando. En su reflexión late la certeza de que el futuro del Namtrik depende de que las semillas de vida lo abracen, lo sientan suyo y lo hagan florecer en cada palabra. La pala­bra de los niños Totoroez no se queda en la que­ja, ellos sueñan y crecen como portadores de su lengua; en el semillero comparten con sabedores y mayores, reciben su sabiduría y hacen del apren­dizaje un espacio de juego y creatividad. Su mayor anhelo es que el Namtrik siga vivo, floreciendo en sus voces y en la vida de su comunidad.

Por su parte, Sxayah nos comenta en entrevista que: “para mí, hablar Nasa Yuwe no es solo co­municarme; es un privilegio. Me siento inmensa­mente agradecida de que me hayan enseñado mi lengua, porque gracias a ella puedo sentarme con mis abuelos y abuelas y entender sus palabras. No solo sus palabras, sino sus historias. Historias de dioses, de espíritus, de la Madre Monte, que nos enseñan a vivir en armonía y a respetar la vida. Cuando otros quieren aprender Nasa Yuwe, ven lo difícil que es. Pero para mí, es como un rega­lo, y me doy cuenta de que esas historias no son solo cuentos; son leyes de vida. Son mensajes sobre cómo proteger la tierra y cómo vivir con respeto. Y si ellos las respetaban, es porque esas historias nos mantenían unidos como pueblo Nasa”.

Foto: Futuro de un legado, semillas del pueblo Totoróez; Foto: Yesid Poche Chacue, 2025

Un llamado a la revitalización

«Las lenguas originarias son mucho más que un medio de comunicación: son la raíz espiritual de un pueblo, la forma en que la comunidad nombra su mundo, su territorio y su relación con la madre tierra.»

Como escritores de este artícu­lo, sentimos la responsabilidad de subrayar que los semilleros no son únicamente un recurso pedagógico: son un territorio de lucha y un acto de esperanza. En ellos se decide si los pueblos Totoroez y Nasa podrán continuar ha­blando su propia palabra o si quedarán atrapados en el silencio impuesto por la historia.

Como señala la UNESCO, cuando una lengua des­aparece, se lleva consigo una visión única de la vida, un modo distinto de entender el tiempo, la naturaleza y la espiritualidad. Perder la lengua es perder un modo de sentir y de existir. Por eso, revitalizar el Namtrik y el Nasa Yuwe es un deber colectivo, no solo de quienes pertenecen a estos pueblos, sino también de quienes creemos en la diversidad cultural como una riqueza de toda la humanidad.

Invitamos especialmente a los jóvenes a acer­carse a los semilleros, a participar en los cantos, danzas, tejidos y rituales, no como espectado­res, sino como guardianes de la palabra. El idio­ma no se conserva en un libro ni en un archivo; vive en la boca de quienes lo pronuncian y en el corazón de quienes lo sienten suyo. Cada pa­labra pronunciada en lengua originaria es un acto de rebeldía fren­te al olvido y un canto de esperanza para las generaciones veni­deras.También hace­mos un llamado a los padres, madres y ma­yores: la transmisión comienza en casa, en las conversaciones co­tidianas, en el fogón, en las historias de cada noche. Hablar en lengua originaria a los hijos es abrirles un camino de identidad que los protege de la pérdida cultural y los afirma en su diferencia como una fortaleza, no como una debilidad.

Y agregamos: la lengua no pide permiso para flo­recer; pide valentía para pronunciarla, compromi­so para enseñarla y amor para preservarla. Que cada palabra dicha en Nasa Yuwe y en Namtrik sea un acto de siembra, una raíz en el corazón de la niñez; un fuego que ninguna colonización, ol­vido, ni indiferencia pueda apagar.